lunes, 22 de junio de 2009

Capítulo 2: Viento rojo



Norand se detuvo para llevarse una mano a la oreja. Ariel observándolo le preguntó:
- ¿Te encuentras bien?
-Siento un dolor agudo en el tímpano -respondió Norand frotándose el interior del oído.
- Debe ser por la explosión de la bola de fuego que lanzó aquella condenada bestia... -dedujo Ariel.
El recuerdo de lo que aquella tarde había sucedido en la gran ciudad de Närgashk, tubo el mismo efecto en el corazón de Ariel que una espada ardiente. Miró hacía atrás y entristeciéndose una vez más, vio la procesión de habitantes asustados que, armados con rudimentarias carretas y sacos, portaban lo único que habían podido salvar de sus hogares.
Su destino, al igual que el de Ariel y Norand Omenhir, otra de las ciudades del reino de Norebhür, y con la conquista de Närgashk, la capital del reino.

Liderando la inanimada expedición, un barbudo y ex leñador armado con un bastón los guiaba hacía nuestro nuevo destino:
- Según recuerdo -dijo el anciano con una voz áspera -Omenhir se encuentra en dirección noreste. Pero daremos un ligero rodeo, no quiero atravesar el bosque rojo...
Uno de los pocos soldados que acompañaban a los exiliados, asintió ante la propuesta del viejo, y después añadió:
-Serán tres días a paso normal. -y echando un rápido vistazo al resto de la procesión añadió -cuatro mas bien.
-Ya veo... -dijo el anciano barbudo, y adoptando un tono más serio añadió:
-Lo mejor sería acampar aquí y reanudar la marcha mañana a primera hora. No tenemos la certeza de que esas criaturas no nos han seguido...

Intentando no hacer mas ruido del necesario, el anciano y un pequeño grupo que lideraba a los exiliados fue comunicando la decisión. Estos sin discutirla, aparcaron las carretillas y dejaron demás utensilios para descansar sobre la húmeda hierba que cubría el pequeño montículo en el que se encontraban.

Ariel miraba abstraído a una mujer que acostaba a su hijo sobre un saco de grano, cuando un rostro familiar se acercó de entre la gente:
-Que estában diciéndose el viejo y el gallina? -preguntó Deimos en un tono de desprecio.
-No deberías hablar así de nadie. -respondió Ariel algo molesto. Después añadió:
- Estaban decidiendo que ruta tomaremos para llegar a Omenhir.
- Ya veo -dijo Deimos y mientras se alejaba de nuevo y añadió arrogante:
- Algunos hemos llegado aquí abriéndonos camino entre los enemigos y otros, huyendo de ellos.
Ariel no pudo disimular el enfado en su rostro, quese desvaneció rápidamente cuando alguien cogió su hombro. Era Norand:
-No hagas caso de lo que dice, no es como nosotros. -dijo el hechicero.
-¿Que quieres decir? -preguntó Ariel desconcertado.
-He estado hablando con Drunor, el herrero, y dice que Deimos, fue contratado por uno de los nobles de Närgashk. Él es un tharamir.
-¿Un mercenario? -se preguntó Ariel para si.
-Si y además de los mejores. No se cual fue o era su tarea, pero el noble pagó una cuantiosa suma por sus servicios... -dijo mientras miraba al mercenario, que viéndose observado, hizo una burlesca reverencia.


Contra todo pronostico, la noche transcurrió tranquila en las orillas del río Ghor. Después de meditar durante toda la noche, algunos retomaron el viaje algo más tranquilos y optimistas.
Bajo un sol de justicia, caminaban remontando el río dirección noreste. Para cuando cruzaron el ecuador del día, desviarse del cauce del río para seguir por una senda que los llevaría a Omenhir.
Unas horas después, algunas mujeres pidieron un descanso para que sus criaturas, aun demasiado jóvenes para aguantar una travesía tan agotadora, descansaran.

Sentados bajo la sombra de un árbol viejo, Ariel y Norand comían algunas frutas que habían podido recolectar entre los matorrales cercanos.
El más joven de los dos, Norand, miraba pensativo las montañas que rodeaban el valle, cuando de repente algo llamó su atención. Cerca de él, traída por el viento, aterrizó una hoja de color carmín. Sorprendido por el hallazgo, alzó la vista para mostrarle su descubrimiento a Ariel, pero este se levantó súbitamente diciendo:
- Ven Norand, ¡apresurate!
Confundido, Norand se levantó de un brinco y siguió a su compañero. Delante de él, prácticamente las cincuenta personas que huyan de Närgashk repartían en un circulo estrecho, observando algo.
Ariel, haciéndose un hueco entre los demás, logró ver lo que despertaba tal expectación.
Un joven, ataviado con una armadura destrozada, herido y tendido en el suelo, balbuceaba entre jadeos algo incomprensible, en un intento inútil por expresar algo que por sus esfuerzos, parecía de vital importancia.
Una de las mujeres que observaban al chico, le confesaba a otra madre que tenía a su lado:
- Ha llegado caminando hasta aquí, no sabemos nada mas... -decía preocupada.
Tras unos segundos, el joven consiguió expresarse:
-¡Vienen! ¡Vienen! -dijo mientras movía la cabeza de un lado para otro.
Ante el asombro de todos, una mujer preguntó:
-¿Quienes vienen?
El moribundo joven, intentó abrir los ojos para ver quien le preguntaba, pero desistió y con un hilo de voz dijo:
-Son ellos... los que... -pero el chico, llevándose una mano al pecho escupió sangre y calló.
Algunas mujeres intentaban reanimarlo pero sin resultado, no daba señales de vida.
Comenzaron los cuchicheo y las conversas confidenciales entre diferentes personas y pronto se oyeron las primeras preguntas sobre el significado de las palabras del joven soldado:
-Son los rins. ¡Vienen a acabar con nosotros! -gritó una mujer exaltada.
-¡¿Que vamos ha hacer dios mio?! -decia otra.
Hasta que una voz áspera diferenciandose de las demás y acallando al resto dijo:
- Nuestra única opción, es atravesar el bosque rojo... -propuso el anciano barbudo.
Todos lo miraron con incredulidad y este prosiguió:
-Los rins no nos seguirán, nadie se atreve a adentrarse en ese bosque...
En pocos segundos, ya se oyeron las primeras quejas:
-¿Esta usted loco?
-¿Pues claro que no nos seguirán, nadie sale vivo de esos bosques! -replicó una joven madre señalando al norte con un dedo.
De entre todas las protestas, una convincente voz logró convencer al resto del grupo:
- El viejo lleva razón -dijo Deimos- puede que sea peligroso, pero es la única opción de salir con vida de este valle. Así que o bien corremos el riesgo de enfrentarnos a cuentos de brujas y demás tonterías, o luchamos con cucharones de madera y cazuelas contra un ejercito armado.
Tras el breve discurso de Deimos, nadie supo que contestar y ahogando la impotencia de pensar en un plan mejor, decidieron seguir los consejos del anciano.

En poco mas de diez larguísimos minutos, en los cuales nadie dejó de mirar hacia atrás por temor de que los enemigos les alcanzaran, los cincuenta consiguieron llegar al bosque rojo.
El bosque, recibía ese nombre del color de las hojas que cubrían sus árboles. Era un color carmesí, que iluminado por el sol, reflejaba un vivo y a la vez siniestro rojo intenso.
A medida que se adentraban en el interior del bosque, el silencio y el temor se apoderaban de todos.
Armads con sus varas, Ariel y Norand se mantenían, alerta pues no eran pocas las leyendas que circulaban sobre el bosque. Además, a ellos se unía un aire cargado que aumentaba la sensación de claustrofobia.
En ese mismo instante, se oyó el sonido de una rama que se partía, venido de ninguna parte, ninguno del grupo supo localizar el lugar de donde provenía.
Norand, escaneando los alrededores del camino que atravesaba el bosque, vio como un matorral agitaba precipitadamente e intentando seguir la dirección con la que se movían, se encontró con la punta afilada de una flecha que se dirigía hacia su cabeza.

viernes, 12 de junio de 2009

Capítulo 1: La sombra en el horizonte


La clase entera estalló en un aplauso entusiasta ante la portentosa interpretación del maestre.
-Gracias chicos, gracias – dijo Therion mientras aun sostenía su metro, que minutos antes había simulado con total fidelidad las estocadas del gran Barkor. -bueno la clase ya ha terminado. -y en un esto recordatorio añadió: -mañana es la gran prueba! Así que preparaos bien y ¡¡que los siete espíritus estén con vosotros!

Ariel entristeció súbitamente al recordar “la prueba”, que sucedería al día siguiente. Él sabía que estaba capacitado para superarla, pero la idea de ser juzgado por los maestres de la academia lo mantuvo intranquilo. De repente, algo golpeó su hombro y lo sacó de sus pensamientos:
-Jajajaja! Este Therion cada día me sorprende más! -le dijo Norand riendo a carcajadas.
-Siempre lo ha hecho con esa leyenda. Cada vez que se habla de los fundadores, se le iluminan los ojos y está horas hablando sin parar- añadió Ariel -hasta mi padre ya mencionaba, cuando yo era pequeño, el énfasis que ponía en este relato.

La conversación entre Norand y Ariel se alargó hasta que salieron del pequeño castillo dónde se encontraba la academia.
Siguiendo el rumbo de las callejuelas de Närgashk, fueron a parar a la plaza de Norebhür. Allí se detuvieron para hablar, como venían haciendo cada día después de terminar las clases:
-Y bueno Ariel -preguntó Norand sacando tema de conversación después de un prolongado silencio -¿crees que pasaremos “la prueba”?
Ariel, con semblante serio dijo:
-Espero que si, ya es la segunda vez que me presento y mi hermano la aprobó la primera vez que acudió, no pienso quedarme por detrás de él...
Norand hechó a reir:
-Jajajaja! Estás obsesionado con...
Y antes de que Norand pudiese terminar la frase, el cuerno de la puerta norte sonó con fuerza, haciendo que todos los que estaban en la plaza miraran en esa dirección desconcertados.
-¡¿Un ataque!? -dijo Ariel alertado.
-Debe tratarse de saqueadores, -aclaró Norand y corriendo dirección al portón gritó:
-¡Vamos Ariel!
Atentos a más señales de aviso, Ariel y Norand recorrían las calles de Närgashk. La situación no les agradaba nada en absoluto.
De camino a la puerta, decenas de soldados de la ciudadela se habían unido a la carrera hacia el portón armados para la batalla.
Pronto, llegaron a la muralla noreste, desde donde ya tendrían angulo de visión para ver lo que sucedía.

Ante las puertas de la ciudad, un grupo de rigns agitaban sus garrotes y los lanzaban con violencia hacia el portón. Ante tal enemigo, los guardias más experimentados ya especulaban sobre su rival:
-¡Sólo se trata de un grupo de rigns salvajes señor! -informaba uno de ellos.
-¡Son unos cuarenta capitán! -gritó a pleno pulmón otro que se encontraba más alejado.
Decidido, el capitán dijo elevando la voz:
-De acuerdo, acabemos con ellos, ¡Arqueros apuntad!
Una fila de unos cincuenta arqueros cargaron una flecha y la apuntaron hacia el enemigo.
-¡Disparad! -mandó el capitán empuñando su espada.
Al momento, una lluvia de flechas certeras disparadas por los cincuenta arqueros que se encontraban en la muralla, cayó sobre el grupo de diablillos de orejas largas, que acabo con la gran mayoría de ellos.
Ante tal masacre, pronto se escucharon los primeros gritos de victoria:
-¿¡Que pretendían esos insensatos!? -gritó un soldado mofándose.
-¡Mirad ahí queda aun uno vivo! -dijo un arquero señalando a un rign desorientado.

Todo estaba controlado. No parecía ser más que otro ataque por parte de saqueadores rigns, los cuales se aproximaban a los pueblos y ciudades indistintamente para conseguir alimentos.
Los últimos diablillos en pie estaban siendo abatidos por los soldados de la muralla, cuando algo les hizo dejar de disparar.
En la lejanía, el inconfundible sonido del cuerno de la puerta sud llegó a sus oídos.
-¿Otro grupo de rigns? -preguntó Norand extrañado.
-¡La puerta sud! -gritó el capitán a sus hombres. -¿¡a que esperáis soldados!? ¡Norebhür nos necesita!
Los soldados bajaron veloces la escalera que descendía de la muralla, Ariel y Norand los siguieron.

Mientras se dirijan a su destino a Norand, al igual que al resto de shademas que se encontraban en Närgashk, algo le reconcomía en su interior:
-Ariel, que se produzca un ataque de un grupo tan reducido de rigns un día ya es muy poco frequente, ¿pero dos? -preguntó Norand a su compañero. Tras una breve pausa meditativa añadió:
-¿No lo ves extraño?
-Tengo la sensación de que esto no es el simple ataque de unos salvajes... -aclaró Ariel sombrío ante la mirada de desconcierto de su amigo.
Norand abrió la boca para pedir una explicación ante tan extremista declaración de Ariel pero no llegó a formularla. Un estruendo, que provenía del portón sud, estremeció los cimientos de la ciudad.
-¿¡Que... ha sido eso!? -gritó un soldado jadeante por el esfuerzo de la carrera.
De entre los edificios blancos de la ciudad, se había levantado una cortina de polvo que se expandía en todas las direcciones. Asustados, Ariel y Norand atravesaron la última calle que llevaba al la puerta. La imagen, les hizo dar un vuelco al corazón.
Ante ellos, el portón sud símbolo de la inexpugnable ciudad, se hallaba destrozado. Convertido en cascotes, era pisoteada por cientos de rigns que entraban a voluntad en la ciudadela. Los pocos soldados que se habían ocupado de vigilar el portón se hallaban muertos sobre las murallas, excepto uno que aun resistía en lo alto de la fortificación.

La primera descarga cayó sobre los que aun atravesaban la puerta, certera como la anterior, limpió el patio de algunos diablillos.
Entre las filas de arqueros, los espadachines de Norebhür cargaron a los que se dirijan hacia sus compañeros. Las veloces espadas de los soldados no se toparon con demasiadas dificultades y pronto recuperaron la entrada a la plaza. En medio de la batalla Ariel reaccionó:
-¡Vamos Norand debemos ayudarlos! -gritó a su compañero.
-¡S.. si! -respondió Norand sin apartar al vista de la lucha.

Ariel, sacó su vara que llevaba atada en la espalda y alzándola pronunció:
-Escucha mi plegaria y acude en mi ayuda...

Al mismo tiempo, un grupo de rigns que apaleaban a un soldado caído, vieron al hechicero de pie ante ellos y desarmado. Excitados por la idea de atacar a alguien sin defensa alguna, que acabar con él sería tarea simple, corrieron hacia Ariel levantando sus garrotes. El primero de ellos se preparó para golpearlo con una especie de raíz recubierta de afilados dientes de algún animal salvaje cuando sin moivo aparente se debuto en seco delante del mago. Al igual que el primero, todo el resto del grupo acabó detenido en el mismo lugar. Desconcertados miraron sus moradas piernas las cuales se encontraban inmovilizadas por unas gruesas raíces salidas de entre la piedra.
En ese instante Norand, con las palmas de las manos unidas dijo:
-¡Fuego!
Una llamarada salió de sus manos con celeridad. En un instante, esta volvió a desaparecer, convirtiendo a los atrapados rigns en no mas que cenizas.

La plaza se hallaba prácticamente tomada por los soldados de Norebhür, algunos rigns incluso, ante la inminente derrota, ya corrían aterrados hacía el exterior de la fortificación.
Un número considerable de vencidas criaturas se encontraban repartidos por las inmediaciones de la puerta sud, junto con pocos cadáveres de los defensores de la ciudad que indicaban claramente hacia donde se había dirimido la balanza en el enfrentamiento.

La victoria parecía ya prácticamente segura cuando, una sonora marcha militar se oyó desde el exterior de la ciudad. Poco después, la marcha pasó a convertirse en unos seres de aspecto humanoide irrumpieron con fuerza en la plaza. Estas bestias, portaban armas y escudos de acero solido, con los cuales agravaron la cargara contra los sorprendidos soldados que se encontraban cerca del portón.

Poseían aterradores ojos rojos y en su mirada no había cabida para la compasión. Las bestias portaban un peto de metal negro y en zonas concretas, recubierto con afilados pinchos contra los que hacían chocar violentamente las cabezas de los soldados que se encontraban cerca de ellos.
Mataban a cualquiera que tuvieran delante con lo que fuera necesario. En pocos segundos, su destreza los había llevado hasta las filas de arqueros, dejando como estela toda la formación de espadachines que no consiguió mas que acabar con la vida de cinco de aquellos monstruos.


Ante tal situación, el capitán recurrió al cuerno que portaba atado al cinto y lo hizo sonar con fuerza para gritar después:
-¡Retirada! ¡Nos reagruparemos en la plaza central! -enseguida otra pequeña facción de las defensas repitió la orden en voz alta y pusieron rumbo al centro de la ciudad.
Ariel y Norand que se encontraban a un lado de la linea de arqueros, ante la señal de retirada obedecieron la orden sin dudarlo:
-¡Vamos Norand, los contendremos en el muro interior! -dijo Ariel mientras corría de hacia las escaleras que llevaban a la muralla interior, situada en el punto mas alto de la ciudad.
-¡Si! Pero espera. -dijo Norand mientras se frenaba. Dándose media vuelta, se agachó y poniendo una mano sobre el suelo pronunció:
-Ayudame espíritu de la llama.... ¡Muro de fuego!
A cuarenta metros, justo detrás de un par de soldados rezagados en retirada, una llamarada de unos tres metros de altura ocupó toda la calle, impidiendo el paso a las bestias que ante el hechizo, se pararon delante de la pared ardiente.
-¡Un lanzamiento perfecto compañero! -felicitó Ariel a Norand.
-Jejeje ¿no esta mal verdad? Pero no aguantará mucho, sigamos.

El conjuro de Norand les hizo ganar algo de distancia. Cerca de ellos, ciudadanos portando entre sus brazos todos los objetos de valor que apresuradamnte pudieron cojer, corrían en dirección al castillo, el punto mas alto y seguro de la ciudad fortificada.
Los dos hechiceros, pronto vieron la larga escalera que los llevaría a la muralla interior, que por suerte cuyas puertas aun seguían abiertas.
En un último esfuerzo, subieron la escalinata destrozado, mientras veían, ahora desde mayor altura, que el muro de fuego se disipaba y detras de él, un gran numero de esas bestias junto con algunos rigns montados en biraptores, cabalgaban hacia su posición.

Poco después de que entraran Ariel y Norand, los defensores de la ciudad cerraron las puertas. Rápidamente Norand se asomó al exterior y contempló horrorizado la situación.
Decenas de enemigos corrían entre las calles de la inexpugnable Närgashk. La batalla se había descontrolado totalmente y Norand, una vez retomado el aliento, recapacitó lo ocurrido:
-¡¿Pero como es posible?! -se preguntó para si gritando -¡los rigns jamás se han organizado de tal manera! ¿Y luchar junto a otra raza? es totalmente imposible.
-Pues por que no son los rigns los que dirigen este ataque, ni tampoco los de la armadura negra. -dijo Ariel tranquilizando a Norand.
-¿Y quien los dirige entonces? -preguntó su compañero incrédulo.
-Pues la verdad, no lo se... -añadió Ariel tras una breve pausa.
En ese instante, oculto entre los soldados que corrían de un lado para otro con tablones y armas para defender el portón de la muralla, una figura se acercó con sigilo y a sus espaldas dijo:
-Han sido enviados por Rykh. Y eso a lo que llamas “otra raza” son volks. Deberías conocer sus nombres y su destreza hechicero....
Ariel y Norand se giraron enseguida y reconocieron al soldado que aguantó la embestida de las bestias en lo alto de la muralla sud.
-¿Como has sobrevivido tu sólo ahí arriba? -preguntó con admiración Norand.
-Cuando uno ha estado en tantas batallas, sabe como defenderse. -dijo el extraño soldado que tenía una cicatriz en el ojo derecho -así como entrever la finalidad de un ataque tan absurdo como el de los rigns por la puerta norte... -y desenvainando una espada pesada que portaba dijo:
-Pero ahora no es momento de explicaciones, debemos estar atentos al enemigo. -y señaló con su sable a la puerta, la cual ya estaba recibiendo duras embestidas por parte de algún artilugio enemigo.

Con un buen angulo de tiro esta vez, las ráfagas de sagitas hacían mella en las filas de volks que se amontonaban en la puerta. Los hechiceros de la academia, algunos compañeros de Ariel y Norand, lanzaban conjuros sin parar sobre las escaleras.
Una pequeña facción de rigns, armados con primitivas hondas, lanzaban piedras desde las calles de la ciudad, a unos cincuenta metros por debajo de la muralla interior. Las piedras apenas impactaban a los arqueros, principalmente a los que iba dirigido el ataque a distancia, pero que ocasionaban contadas bajas.

Con el paso de algunos minutos, un relativo estado de calma fue invadiendo a los soldados que se encontraban defendiendo la ciudad. Excepto algún rign a lomos de un biraptor que lograba saltar el portón, ninguna criatura había conseguido traspasar la segunda muralla.

Ariel, miró el horizonte buscando un suspiro para reunir energías y lanzar un nuevo hechizo, pero vio algo que le distrajo de su tarea.
Un punto negro aleteaba desde el noreste y se dirija hacia su posición. Norand observándo a su abstraído compañero preguntó:
-¿Que has visto?
-No lo se.. -dijo observando bajo su sombrero de pico -pero es grande...
Los dos se quedaron observando la extraña sombra que se aproximaba volando hacia ellos. Poco a poco fue tomando forma, pero antes de saber con claridad que era, sintieron, como unos ojos amarillos e intensos se clavaban en ellos como dagas ardientes.
De repente, algo los empujo con violencia hacia el suelo. Segundos después, una bola en llamas impactó contra el portón provocando un estallido que hizo temblar el suelo. Acto seguido, trozos de piedra, madera y runa salieron proyectadas en todas las direcciones impactando una de ellas sobre Ariel, dejándolo varios segundos sin respiración.

Cuando recobró el aliento e incorporándose, vio como la puerta había sido destrozada y sus restos ardían.
Norand se levantó después y mirando hacia un lado reconoció lo que los había empujado contra el empedrado, el extraño guerrero del corte en el rostro.
Este se encontraba ahora luchando contra los primeros jinetes de biraptor que habían cruzado los cascotes.

El primero, dirigiéndose al extraño guerrero, iba a rebanarle la cabeza con un espadazo horizontal, pero este ágil, se agachó para después levantarse dandose media vuelta y finalmente, clavandole el espadón en el costado. Otro se abalanzó sobre él desde el aire, pero recuperando la guardia tras el primer rign, se arrodilló y colocó el arma en ristre. La propia inercia del salto del reptil, lo empaló en el arma del guerrero.

Norand, que recordó el fogonazo antes del breve aturdimiento, escaneó el cielo en busca del origen de tal ataque. Levantó la vista y observó aterrado que sobrevolando la ciudad, un dragón negro gigantesco lanzaba llamaradas a discreción.
-¡Es un dragón! -gritó uno de los soldados que quedaban aun en pie después de la explosión. Pero instantes después un volk clavó su desdentada espada sin que pudiera defenderse, quedando su gritó de advertencia en un aullido de dolor. En ese momento, el guerrero de la cicatriz en el ojo gritó:
-¡Tenemos que salir de aquí! ¡Närgashk esta perdida!
Norand, escuchando las palabras del guerrero gritó:
-¡Jamás! Närgashk no caerá en manos de nadie. ¡Esta es la gran ciudad de Norebhür!
Recién pronunciadas esas palabras, decenas de soldados descendieron del interior del castillo hacia la entrada de la muralla inferior. Ante la mirada de los pocos soldados que aun contenían la embestida, los refuerzos cargaron sobre los enemigos que sorprendidos, recibieron gran daño en la confrontación.

La bestia alada, que se había encargado de quemar gran parte de casas, tiendas e inmuebles de la ciudad, se encaraba ahora hacia los refuerzos que azotaban con dureza las filas que asediaban la muralla interior. El dragón lanzó de su boca otra poderosa bola ígnea dirigida a los soldados pero justo antes de impactar sobre ellos, desapareció en un montón de vapor condensado. Al desaparecer, se vislumbró la figura del maestre Therion.
-¡Maldito! -gritó señalando a la bestia -hijo de Ryhk, acabaré contigo.
El maestre recurrió a su vara blanca y golpeándola contra el suelo suavemente, hizo aparecer un caballo alado cuyas alas ardían con un bello fuego del color del ocaso.
El animal, echó a correr hacia la cornisa y Therion saltó tras él, mientras en pleno vuelo lo montó.
La bestia alada, al ver a Therion a lomos del pegaso, se lanzó en picado hacia el. El corcel alado en un movimiento rápido, hizo un tirabuzón y esquivó el ataque. El mago, giró medio cuerpo en dirección al dragón y de sus manos salieron despedidos unos cristales helados que impactaron en el lomo de la bestia. No obstante, los puntiagudos cristales no fueron capaces de atravesar las duras escamas del dragón, provocándose no mas que una pequeña herida en el ala derecha, lo que provocó que la bestia lanzara un aullido de dolor.
Esta dio media vuelta y disparó súbitamente una bola de fuego hacia su rival, pero el pegaso haciéndose a un lado, consiguió evitarla por muy poco.

Therion se encaró ante el dragón y cogiendo mayor velocidad, voló hacía la bestia alada, la cual optó por hacer lo mismo. Pocos instantes antes del choque frontal, el maestre convocó de nuevo una llamarada que impacto de lleno en el rostro del animal.

Una gran bola de fuego encapotó el cielo sobre la ciudad de Närgashk. No había rastro del dragón negro ni del maestre Therion.
Pasaron unos angustiosos instantes hasta que de la nube ardiente, salió primero el dragón negro. Cerca de él, una figura emergió de la bola ya prácticamente disuelta en el aire y cayó inerte en la ciudad.
Retomando su objetivo interrumpido, la bestia lanzó una llamarada sobre el portón. El fogonazo, el cual intentó evitar el maestre Therion, impactó con brutalidad llevándose la vida de decenas de soldados, que como héroes, defendieron la ciudadela hasta el final.

Norand no podía creer lo que sus ojos veían. Therion, uno de los mas poderosos hechiceros de Norebhür, había sido derrotado en cuestión de segundos.
Sin fuerzas, echó un vistazo a su alrededor. Los edificios mas emblemáticos de Närgashk, la academia y todas las calles que una y otra vez Ariel y Norand habían recorrido durante su infancia, no eran mas que escombros. Concentrados en la plaza y la entrada de la muralla interior, decenas de cadáveres de la guardia de Närgashk se amontonaban sobre el suelo empedrado de la ciudad. Era el fin de la ciudad inexpugnable... Un grito de una voz conocida lo distrajo de sus pensamientos:
-¡Vamonós! -gritó el guerrero de la cicatriz en el rostro. -no podemos hacer nada por la ciudad...
Ariel que aun se esmeraba en lanzar algún conjuro para mantener a raya a los volks , desistió de oponer resistencia a huir. No solucionarían nada muriendo aquí, la ciudad estaba condenada...

Los tres, iniciaron una carrera hacia el castillo desde donde, según algunos soldados que corrían en esa dirección, había un pasadizo que llevaba al exterior de la montaña donde se encontraba Närgashk.
-Te seguimos guerrero -dijo Ariel mientras subían la rampa que los llevaría a la fortificación.
-La salida se encuentra en una de las puertas exteriores del castillo. No tardaremos mucho en llegar. -y sin dejar de mirar al frente dijo:
-Por cierto, mi nombre es Deimos.

Pronto llegaron a la plaza del castillo, como Deimos bien había informado. La puerta se encontraba en una de las alas del castillo a la cual se podía acceder volteándolo ligeramente.
Junto con las pocas mujeres y niños que aun quedaban por evacuar y algún soldado con suerte, Deimos, Ariel y Norand entraron en el castillo y bajaron rápidamente las escaleras de caracol que conducían a un túnel subterráneo. Tras unos minutos atravesando túneles iluminados con escasas antorchas, los tres llegaron a un valle cercano al río Ghor.
Remontando su cauce hacia las montañas, Ariel se volvió para echar un último vistazo a Närgashk.

La gran ciudad de Norebhür, emblema de la raza shadema, era pasto de las llamas. La destrozada puerta sud, visible desde el valle, le recordó el sentimiento de rabia e impotencia que le había perseguido durante toda la batalla.
Con los últimos rayos de sol desapareciendo tras las montañas, Norand miró los estandartes desgarrados que aun conservaba la torre del homenaje del castillo y se prometió a él mismo que la caída de Närgashk no supondría el fin de la raza. El sacrificio de sus defensores y sus gentes no serían en vano. Y que el responsable de esos actos sería ajusticiado.

miércoles, 3 de junio de 2009

Prólogo

Una ráfaga repentina de viento y nieve sacó a Barkor de sus pensamientos. El frío roce de los copos sobre su magullado rostro le recordó donde estaba...
Allí, en la cima mas alta de la cordillera del Fin del Mundo, Barkor se batía a muerte con el nigromante Morgarath. Solo, el gran guerrero únicamente podía aferrarse a su espada y seguir luchando.

La batalla, se había prolongado por espacio de tres días y tres noches, pero por desgracia, estaba siendo claramente desfavorable. Muertos ya sus otros siete compañeros en la lucha, Barkor era el único que podía acabar con la tiranía del mago negro, que amenazaba con destruir todo lo que los siete habían luchado tanto por construir.

Pese a su valentía, su cuerpo destrozado flaqueó y, Morgarath aprovechando la situación, susurro unas palabras que hicieron que de sus manos apareciese una gran llama negra la cual salió despedida haciendo tronar el manto de nubes mártires de la épica batalla.
La oscura flama impactó de lleno sobre el guerrero, lanzándolo varios metros hacía atrás haciendolo caer finalmente a escasos centímetros del final de la cima.El nigromante Morgarath, sonriendo de satisfacción ante su inminente victória, caminó hacia Barkor para comprobar que su conjuro había sido nefasto, pero en ese mismo instante, el guerrero entre jadeos y gruñidos de dolor, ayudandose de su fiel espada, se puso en pie.
Abrumado por esa muestra de coraje y voluntad, el mago negro se dispuso a lanzarle otro devastador fogonazo negro que esta vez si que acabaría con su vida, pero Barkor viendo sus intenciones y con un poderoso grito, cargó hacia Morgarath con su último aliento. La segunda llamarada, al igual que la primera, impacto sobre el corazón del guerrero. En ese instante, notó como un intenso dolor se apoderaba de él para después en un instante desaparecer por completo. Junto con ello, una agradable sensación de sueño invadió su mente, pero en un último esfuerzo, mantuvo espíritu en el combate para lanzar un espadazo sobre su enemigo que segó la vida al poderoso Morgarath...

Barkor, nombrado años después “héroe de los siete reinos”, se desplomo sobre el manto blanco que cubría la cima del Monte de la Gran Batalla...