lunes, 22 de junio de 2009

Capítulo 2: Viento rojo



Norand se detuvo para llevarse una mano a la oreja. Ariel observándolo le preguntó:
- ¿Te encuentras bien?
-Siento un dolor agudo en el tímpano -respondió Norand frotándose el interior del oído.
- Debe ser por la explosión de la bola de fuego que lanzó aquella condenada bestia... -dedujo Ariel.
El recuerdo de lo que aquella tarde había sucedido en la gran ciudad de Närgashk, tubo el mismo efecto en el corazón de Ariel que una espada ardiente. Miró hacía atrás y entristeciéndose una vez más, vio la procesión de habitantes asustados que, armados con rudimentarias carretas y sacos, portaban lo único que habían podido salvar de sus hogares.
Su destino, al igual que el de Ariel y Norand Omenhir, otra de las ciudades del reino de Norebhür, y con la conquista de Närgashk, la capital del reino.

Liderando la inanimada expedición, un barbudo y ex leñador armado con un bastón los guiaba hacía nuestro nuevo destino:
- Según recuerdo -dijo el anciano con una voz áspera -Omenhir se encuentra en dirección noreste. Pero daremos un ligero rodeo, no quiero atravesar el bosque rojo...
Uno de los pocos soldados que acompañaban a los exiliados, asintió ante la propuesta del viejo, y después añadió:
-Serán tres días a paso normal. -y echando un rápido vistazo al resto de la procesión añadió -cuatro mas bien.
-Ya veo... -dijo el anciano barbudo, y adoptando un tono más serio añadió:
-Lo mejor sería acampar aquí y reanudar la marcha mañana a primera hora. No tenemos la certeza de que esas criaturas no nos han seguido...

Intentando no hacer mas ruido del necesario, el anciano y un pequeño grupo que lideraba a los exiliados fue comunicando la decisión. Estos sin discutirla, aparcaron las carretillas y dejaron demás utensilios para descansar sobre la húmeda hierba que cubría el pequeño montículo en el que se encontraban.

Ariel miraba abstraído a una mujer que acostaba a su hijo sobre un saco de grano, cuando un rostro familiar se acercó de entre la gente:
-Que estában diciéndose el viejo y el gallina? -preguntó Deimos en un tono de desprecio.
-No deberías hablar así de nadie. -respondió Ariel algo molesto. Después añadió:
- Estaban decidiendo que ruta tomaremos para llegar a Omenhir.
- Ya veo -dijo Deimos y mientras se alejaba de nuevo y añadió arrogante:
- Algunos hemos llegado aquí abriéndonos camino entre los enemigos y otros, huyendo de ellos.
Ariel no pudo disimular el enfado en su rostro, quese desvaneció rápidamente cuando alguien cogió su hombro. Era Norand:
-No hagas caso de lo que dice, no es como nosotros. -dijo el hechicero.
-¿Que quieres decir? -preguntó Ariel desconcertado.
-He estado hablando con Drunor, el herrero, y dice que Deimos, fue contratado por uno de los nobles de Närgashk. Él es un tharamir.
-¿Un mercenario? -se preguntó Ariel para si.
-Si y además de los mejores. No se cual fue o era su tarea, pero el noble pagó una cuantiosa suma por sus servicios... -dijo mientras miraba al mercenario, que viéndose observado, hizo una burlesca reverencia.


Contra todo pronostico, la noche transcurrió tranquila en las orillas del río Ghor. Después de meditar durante toda la noche, algunos retomaron el viaje algo más tranquilos y optimistas.
Bajo un sol de justicia, caminaban remontando el río dirección noreste. Para cuando cruzaron el ecuador del día, desviarse del cauce del río para seguir por una senda que los llevaría a Omenhir.
Unas horas después, algunas mujeres pidieron un descanso para que sus criaturas, aun demasiado jóvenes para aguantar una travesía tan agotadora, descansaran.

Sentados bajo la sombra de un árbol viejo, Ariel y Norand comían algunas frutas que habían podido recolectar entre los matorrales cercanos.
El más joven de los dos, Norand, miraba pensativo las montañas que rodeaban el valle, cuando de repente algo llamó su atención. Cerca de él, traída por el viento, aterrizó una hoja de color carmín. Sorprendido por el hallazgo, alzó la vista para mostrarle su descubrimiento a Ariel, pero este se levantó súbitamente diciendo:
- Ven Norand, ¡apresurate!
Confundido, Norand se levantó de un brinco y siguió a su compañero. Delante de él, prácticamente las cincuenta personas que huyan de Närgashk repartían en un circulo estrecho, observando algo.
Ariel, haciéndose un hueco entre los demás, logró ver lo que despertaba tal expectación.
Un joven, ataviado con una armadura destrozada, herido y tendido en el suelo, balbuceaba entre jadeos algo incomprensible, en un intento inútil por expresar algo que por sus esfuerzos, parecía de vital importancia.
Una de las mujeres que observaban al chico, le confesaba a otra madre que tenía a su lado:
- Ha llegado caminando hasta aquí, no sabemos nada mas... -decía preocupada.
Tras unos segundos, el joven consiguió expresarse:
-¡Vienen! ¡Vienen! -dijo mientras movía la cabeza de un lado para otro.
Ante el asombro de todos, una mujer preguntó:
-¿Quienes vienen?
El moribundo joven, intentó abrir los ojos para ver quien le preguntaba, pero desistió y con un hilo de voz dijo:
-Son ellos... los que... -pero el chico, llevándose una mano al pecho escupió sangre y calló.
Algunas mujeres intentaban reanimarlo pero sin resultado, no daba señales de vida.
Comenzaron los cuchicheo y las conversas confidenciales entre diferentes personas y pronto se oyeron las primeras preguntas sobre el significado de las palabras del joven soldado:
-Son los rins. ¡Vienen a acabar con nosotros! -gritó una mujer exaltada.
-¡¿Que vamos ha hacer dios mio?! -decia otra.
Hasta que una voz áspera diferenciandose de las demás y acallando al resto dijo:
- Nuestra única opción, es atravesar el bosque rojo... -propuso el anciano barbudo.
Todos lo miraron con incredulidad y este prosiguió:
-Los rins no nos seguirán, nadie se atreve a adentrarse en ese bosque...
En pocos segundos, ya se oyeron las primeras quejas:
-¿Esta usted loco?
-¿Pues claro que no nos seguirán, nadie sale vivo de esos bosques! -replicó una joven madre señalando al norte con un dedo.
De entre todas las protestas, una convincente voz logró convencer al resto del grupo:
- El viejo lleva razón -dijo Deimos- puede que sea peligroso, pero es la única opción de salir con vida de este valle. Así que o bien corremos el riesgo de enfrentarnos a cuentos de brujas y demás tonterías, o luchamos con cucharones de madera y cazuelas contra un ejercito armado.
Tras el breve discurso de Deimos, nadie supo que contestar y ahogando la impotencia de pensar en un plan mejor, decidieron seguir los consejos del anciano.

En poco mas de diez larguísimos minutos, en los cuales nadie dejó de mirar hacia atrás por temor de que los enemigos les alcanzaran, los cincuenta consiguieron llegar al bosque rojo.
El bosque, recibía ese nombre del color de las hojas que cubrían sus árboles. Era un color carmesí, que iluminado por el sol, reflejaba un vivo y a la vez siniestro rojo intenso.
A medida que se adentraban en el interior del bosque, el silencio y el temor se apoderaban de todos.
Armads con sus varas, Ariel y Norand se mantenían, alerta pues no eran pocas las leyendas que circulaban sobre el bosque. Además, a ellos se unía un aire cargado que aumentaba la sensación de claustrofobia.
En ese mismo instante, se oyó el sonido de una rama que se partía, venido de ninguna parte, ninguno del grupo supo localizar el lugar de donde provenía.
Norand, escaneando los alrededores del camino que atravesaba el bosque, vio como un matorral agitaba precipitadamente e intentando seguir la dirección con la que se movían, se encontró con la punta afilada de una flecha que se dirigía hacia su cabeza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario